La pregunta es recurrente y dolorosa: ¿Cuándo se prohibirá efectivamente la pólvora en Colombia? La editorial de hoy aborda una contradicción flagrante: el uso de artefactos pirotécnicos, que bajo la legislación colombiana actual cuenta con severas restricciones y prohibiciones, sigue siendo una constante. A pesar de que la ley es clara y de que las advertencias científicas sobre su peligrosidad abundan, la norma se ignora olímpicamente.
El estruendo continúa, y con él, la perturbación a los seres más indefensos. La fauna silvestre, especialmente las aves, son las víctimas silenciosas de esta temporada. Hoy no encuentran refugio seguro; muchas se ven forzadas a migrar, huyendo de un cielo que se ha vuelto hostil. La cercanía a las ondas explosivas y el ruido incesante les provoca tal estrés que muchas sufren infartos fulminantes. Es una condena a muerte por puro entretenimiento humano.
Y ni qué decir de la tragedia humana. Nuevamente, la noticia nacional es el conteo de víctimas. Medellín ya reporta sus primeros siete quemados; se aguardan con temor los reportes de Ibagué y Bogotá. Es inaudito que, año tras año, cada día de diciembre traiga consigo un aumento en las cifras de lesionados.
Cabe preguntarse: ¿Cuándo se tomarán acciones concretas y definitivas? ¿Cuánto tiempo más las entidades territoriales y gubernamentales seguirán haciendo la «vista gorda» ante este flagelo? El problema va más allá del ruido; implica redes de microtráfico y contrabando que mueven estos explosivos en una economía subterránea e ilegal. La legislación prohíbe su comercialización indiscriminada, pero la realidad en las calles demuestra una falta de autoridad alarmante.
¿Qué pasará con las instituciones a las que les falta celeridad y rigor? ¿Y con los ciudadanos irresponsables que manipulan pólvora sin ser expertos, lejos de espectáculos controlados?
Desde esta tribuna hacemos un llamado urgente a las autoridades. No podemos permitir que la historia se repita, pasando de 200 a 300, o incluso alcanzando las vergonzosas cifras de 1.500 quemados del pasado. Ojalá estas palabras sirvan de aliciente para que el Estado enfrente este problema con la seriedad que merece. Necesitamos una Navidad en paz, no una temporada marcada por las cicatrices de la pólvora.



