Este 13 de noviembre de 2024 se cumplen 39 años desde la tragedia de Armero, una de las peores catástrofes naturales en la historia de Colombia. La erupción del volcán Nevado del Ruiz provocó una avalancha de lodo y escombros que arrasó con el municipio, dejando a más de 25,000 personas entre muertos y desaparecidos. Sin embargo, el desastre no solo destruyó el pueblo, sino que también dio inicio a una dolorosa búsqueda que, hasta hoy, aún no ha terminado.
Durante las semanas posteriores a la tragedia, entre el caos y la falta de coordinación en las labores de rescate, surgieron historias de niños sobrevivientes que, al no ser reclamados de inmediato por sus familias, fueron entregados en adopción a familias extranjeras sin el debido proceso. A lo largo de cuatro décadas, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) les negó a los familiares acceso a información sobre el paradero de estos menores, prolongando la angustia de padres y madres que perdieron a sus hijos.
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Sandra Echeverry, sobreviviente de la tragedia, recuerda cómo, junto a su familia, escapó de la avalancha que sepultó a Armero. Aquel día, las cifras oficiales reportaron más de 27,000 muertes y un número similar de sobrevivientes que fueron rescatados del lodo, muchos de ellos niños. Sin embargo, algunos de estos pequeños desaparecieron en el sistema de adopción sin rastro alguno para sus familiares.
La tragedia de Armero marcó la vida de personas como Jorge Montealegre, otro sobreviviente que describe la noche fatídica cuando la lluvia de ceniza y el ruido ensordecedor anunciaban el desastre. Montealegre sobrevivió de milagro, pero muchos otros no corrieron con la misma suerte. En medio del caos, la falta de coordinación entre los equipos de rescate resultó en confusión y decisiones precipitadas que, a la postre, separaron a muchos niños de sus familias biológicas.
Francisco González, director del proyecto “Los Niños Perdidos de Armero” y miembro de la Fundación Armando Armero, denuncia que el ICBF entregó a 565 niños en adopción, muchos de ellos a familias extranjeras. Según González, “las madres comenzaron a identificar a estos niños en noticieros y reportajes que cubrían la tragedia”. Desde entonces, la fundación ha trabajado para encontrar pistas sobre el paradero de estos menores, ahora adultos, que fueron adoptados sin el conocimiento de sus familias.
Recientemente, tras años de litigio, la Fundación Armando Armero logró acceder al “Libro Rojo de Armero”, un documento que contiene registros de los menores rescatados y que podría ofrecer pistas sobre sus destinos. La directora del ICBF y González firmaron un acuerdo de entendimiento para trabajar juntos en la búsqueda de los desaparecidos. La fundación ha comenzado a recolectar muestras genéticas de familiares de los niños, con la esperanza de que, en algún momento, los “niños perdidos” se interesen en conocer sus orígenes y busquen a sus familias colombianas.
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Luz Marina Leal, familiar de uno de los niños desaparecidos, espera que el acceso a este libro y los esfuerzos conjuntos con el ICBF permitan finalmente encontrar a su sobrino, quien posiblemente aún esté vivo. Para Leal y otras familias, esta búsqueda representa una oportunidad de reencontrarse con sus seres queridos, un anhelo que ha perdurado por casi cuatro décadas.
La historia de los “niños perdidos” de Armero se ha convertido en un símbolo de la tragedia humana que rodea a la catástrofe natural. Este 13 de noviembre, mientras Colombia recuerda a las víctimas, las familias de los niños desaparecidos mantienen viva la esperanza de cerrar una herida que nunca ha sanado por completo. Entre los recuerdos imborrables está el de Omaira Sánchez, la niña de 13 años que se convirtió en el rostro de la tragedia, pero también el de cientos de niños que, como ella, fueron parte de Armero y cuya historia aún busca ser contada.