Un discurso del presidente Gustavo Petro en el Hospital San Juan de Dios desató una nueva controversia nacional, luego de que expusiera interpretaciones personales sobre Jesús de Nazaret y cuestionara conceptos tradicionales del cristianismo, generando reacciones políticas, religiosas y sociales.
El presidente Gustavo Petro volvió a situarse en el centro de la discusión pública tras pronunciar un discurso en un evento realizado en el Hospital San Juan de Dios, en Bogotá, donde abordó temas religiosos relacionados con la figura de Jesús. Sus afirmaciones generaron una rápida reacción en distintos sectores del país, especialmente entre comunidades cristianas y actores políticos.
Durante su intervención, el mandatario compartió reflexiones personales sobre Jesús de Nazaret, señalando que, desde su interpretación histórica, pudo haber existido una relación íntima con María Magdalena. Aunque la afirmación fue presentada en un tono reflexivo, el contenido fue suficiente para avivar una fuerte polémica en la opinión pública.
Las palabras del jefe de Estado fueron interpretadas por algunos como un análisis simbólico y humano de la figura religiosa, mientras que otros sectores consideraron que se trató de un planteamiento innecesario, realizado desde un escenario institucional que exige mayor prudencia en asuntos de fe.
En su discurso, Petro también cuestionó elementos centrales del cristianismo tradicional, refiriéndose al término “Cristo” como una denominación de origen griego que, según su visión, habría sido utilizada históricamente para asociar a Jesús con ideas de poder, realeza y dominación política.
El presidente sostuvo que estas interpretaciones habrían desviado el mensaje original de Jesús, el cual —afirmó— estaba más vinculado a lo humano, lo social y la defensa de los más vulnerables. Estas declaraciones reforzaron la controversia y ampliaron el debate más allá del ámbito religioso.
Las reacciones no se hicieron esperar. En redes sociales y espacios públicos, líderes religiosos expresaron su inconformidad y calificaron las afirmaciones como ofensivas para la fe cristiana, mientras que otros ciudadanos defendieron el derecho del presidente a expresar sus opiniones y lecturas históricas.
Desde sectores políticos, también surgieron pronunciamientos que cuestionaron el tono y el escenario del discurso, señalando que el presidente debería evitar este tipo de debates en actos oficiales, para no profundizar divisiones en una sociedad diversa en creencias y convicciones.
El episodio reabre el debate sobre los límites entre la opinión personal del mandatario, la libertad de expresión y la responsabilidad institucional que implica su investidura, en un país donde la religión sigue siendo un componente sensible del debate público y cultural.










