El Intenso Parque

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Por: Franklin Ruiz Rojas: Comunicador Social Periodista- Gestor  Cultural.

La proyección iba por la mitad, sin contratiempo o interrupción, nada fuera de lo normal. De un momento a otro, un hombre con una estopa al hombro, un tarro de guarapo y una mirada demasiado confusa se fue acercando sigilosamente al telón. Al comienzo, esa acción me puso alerta, prevenido, en la trampa, atento a tener que intervenir si este desconocido intentaba violentar algo. Las personas asistentes empezaron a mirar con desconfianza, zozobra, con asombro y con miedo. Para ellos, seguramente en Cine Colombia, o en un Cine Club de otro lugar de la ciudad nunca hubiera llegado a pasar cosa así. En su mayoría los asistentes eran de afuera: profes, estudiantes, amigos y amigas que por las redes sociales, y tal vez por la importancia de la película y dado que era su primer proyección en Ibagué en un espacio público asistieron al espacio.

Aquel hombre se acercaba, paso a paso, lento, sin pena, como haciendo un zoom con su mente y un traveling con su cuerpo hacía el telón, como queriendo introducirse en el mayo del 68 que la película nos mostraba. Se acercó más y más. Yo esperaba que este hombre le pegara un puño a el telón, lo tratara de tumbar, ensuciar o algo parecido. Incluso pensé  por un momento que lo iba a orinar. De un momento a otro colocó su mano frente al reflejo entre la imagen proyectada por el vídeo beam y la tela, logrando con esto, hacer un par de figuras con la sombra y proyectarlas en el telón. Yo seguía expectante, atento a cualquier contra tiempo que afectara la continuidad de la película. La primer sonrisa a carcajadas salió de su boca, se asombró de lo que hizo. Nos asombró con lo que hizo.  No fue ajena a la reacción que todos tuvimos de sorpresa, de asombro, de conmoción. Él se veía conmovido por lo que lograba proyectar en el telón. Parecía introducido en un mundo muy diferente al que se vive en el parque de la 19, o el mundo con el que que quizá carga. La imagen de aquel hombre proyectada, su rostro, su alegría, sus musarañas me conmovieron intensamente. Tal vez, por que vi en él algo que no quiero que se acabe: el sentimiento de asombro y de sorpresa.

Parecía que se iba. Todos querían descansar y salir de la  zozobra que generaba su presencia. De un momento a otro se me acercó y me hizo la conversa.

¿Qué  están proyectando?

-Un documental  sobre el mayo del 68  en Francia respondí.

Continuó a mí lado. Noté su interés en seguir viendo la película. Me fijé  en su rostro. No era un rostro conocido en el parque, sin embargo sabía que ese lugar es la casa de muchos, el lugar de paso, el embarcadero a otros lugares de exclusión.  Continuaba fijo, hipnotizado con las imágenes. En ese momento me di cuenta que tenía un problema en su ojo derecho. Le pregunté que si podía leer, me dijo que sí, sólo que no tenía las gafas. Le consulté que si quería que le leyera los subtítulos, afirmó con la cabeza

-¿Qué dice ahí?

Inicié con la lectura. Mientras avanzaba sentía que no me ponía cuidado. Se notaba que estaba pensando en otra cosa, pero siempre  atento a las imágenes. Yo callaba, y él y me golpeaba con su codo.

¿Qué dice ahí?

Yo seguía leyendo, él no ponía cuidado. Cada tanto escuchaba de su boca un “uchh” , “áspero”, ¿Lo mataron? . Yo volvía y callaba, él volvía y me golpeaba con su codo.

¿Qué dice ahí?.

Él seguía sorprendiendo, poco por lo que yo leía, más por las imágenes que él observaba. Tanques, el mar, armas, tumultos, policías, bombas, muertes, heridos, hombres, mujeres. La imagen en movimiento le sorprendía. “uchh” , “áspero”, ¿Lo mataron?

Ya llevábamos más de 10 minutos en esas. Se alejó un poco de donde estábamos. Trajo su estopa, la puso frente a nosotros. Metió su mano a una bolsa, sacó 3 stikers y me los pegó en el pecho. Tres caritas: una alegre, una sorprendida y una triste. No las escogió, sólo metió la mano y sacó al azar. De inmediato sentí que lo que él acababa de hacer era lo más sincero y lleno de amor en tiempos que alguien había hecho para mí.

-¿Qué dice ahí? , me dijo.

Seguí yo leyendo. Del primer punto en donde estábamos nos habíamos corrido cerca de 2 metros. Lo supe por que  la marca era su estopa. La razón, es que estaba en su nota, estaba en su farra. Su botella de guarapo no dejó de estar entre su mano derecha y su boca. El olor me hizo acordar que la noche anterior yo andaba en las mismas: En mi farra con guarapo.

Hubo tiempo para conversar. ¿Cómo es su nombre?, le pregunté. Me lo dijo, pero me advirtió, “No me nombre con él, dígame Blackjack”. Yo asistí. Me preguntó el mío, le dije Franklin, pero dígame Frank. Preguntó por mi edad, le dije 25.

-Yo soy mayor que usted, me dijo.

-¿Cuántos tiene?

La respuesta me dejó anonadado, “Nací en el 90, tengo 28, soy mayor , ¿si pilló?”. Yo le colocaba, y aún creo que puede tener más de 40. Pero sé que la calle se come a la gente, le roba la vida, le roba la alegría, le multiplica las arrugas.

Ya las piernas me dolían, tenía la garganta seca y me dolía la espalda de cargar la mitad de su peso. Yo seguí leyendo y él se seguía sorprendiendo, “uchh” , “áspero”, ¿Lo mataron?. Continuamos. Le dije que al final de la película le iba a hacer una prueba para  ver si había puesto cuidado. Sonrió y me dijo “breve profe”.

Volvió y metió su mano en la estopa, sacó una colombina, la pasó de mano a mano, le daba vueltas, volvía a la otra mano. Yo estaba seguro que esa colombina era para mí. Se le notaba, solamente esperaba el momento. Los  dos esperábamos el momento. Se atrevió a pasármela de repente y me dijo: “Pille profe, gracias” y estiró su puño en señal de saludo hacía mí. Yo respondí con el mayor grado de sinceridad y cariño en mi vida.

La película estaba a punto de terminar. Los visitantes que fueron me miraban, nos miraban, se sonreían, se extrañaban entre ellos. No comprendían la complicidad que entre Blackjack y yo había en el momento. No entendían que estas bellas imágenes son recurrentes en el parque, y que  durante estos casi 3 años son muy frecuentes, pero que cuando se juntan, se convierten en poesía andante, en poesía de la periferia, en poesía de la 19.

“Uchh” , “áspero”, ¿Lo mataron?, ¿Qué dice ahí?. Yo seguía leyendo. Mientras yo continuaba leyendo, Blackjack viajaba por la China de Mao, por la Francia del 68 efervescente, por la Praga Ocupada, por las movilizaciones en Brasil, por las playas que la película mostraban, por la poesía fílmica que João Moreira en su documental El intenso Ahora le regaló al mundo. Él volvía con su cara de sorprendido, asombrado, “uchh” , “áspero”¿Lo mataron?”

La película terminó. Se agradeció al público por la asistencia, se invitó a la próxima función, se preguntó si habían dudas, comentarios o algún tipo de reflexión. Nadie habló. Todo fue silencio. Blackjack estaba frente a mí. Para acabar con el silencio incomodo, y para cumplir con la sentencia que hacía un rato había pactado con Blackjack, me dirigí a él y le pregunté: ¿Cómo vio la película ?, Blackjack me respondió sin dudarlo: “Pues con los ojos”