Durante las últimas tres décadas, Colombia ha logrado consolidar capacidades científicas que antes parecían inalcanzables. Hoy cuenta con miles de investigadores reconocidos, grupos de investigación distribuidos en todo el territorio nacional, universidades con una producción científica creciente en revistas indexadas internacionalmente y una participación cada vez más activa en redes globales de investigación e innovación.
Estos avances no son fruto del azar; son el resultado del trabajo sostenido de las universidades, los centros de investigación, las empresas, las comunidades científicas y del papel que, con aciertos y limitaciones, han desempeñado Colciencias, primero, y Minciencias, después, en la construcción del Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación.
Sin embargo, el éxito de una política pública también exige la capacidad de transformarse; los instrumentos que impulsaron el crecimiento de la ciencia colombiana en las décadas anteriores no necesariamente responden a los desafíos científicos, tecnológicos y sociales del siglo XXI.
La ciencia cambió.
Hoy la investigación se desarrolla mediante redes internacionales de colaboración, comparte datos en plataformas abiertas, incorpora inteligencia artificial en prácticamente todas las disciplinas, promueve la interdisciplinariedad y busca que el conocimiento trascienda las publicaciones académicas para convertirse en innovación, desarrollo tecnológico, formulación de políticas públicas y soluciones concretas para la sociedad.
En este nuevo escenario, la evaluación científica adquiere una importancia estratégica. Lo que un país decide medir termina orientando el comportamiento de sus investigadores, universidades y organismos financiadores. Por esa razón, los sistemas de evaluación nunca son neutrales: crean incentivos, determinan prioridades y moldean el futuro del ecosistema científico.
Precisamente por ello, en los últimos años se ha abierto un amplio debate internacional sobre la necesidad de transformar los modelos tradicionales de evaluación de la investigación. La Declaración de San Francisco sobre Evaluación de la Investigación (DORA), la Coalition for Advancing Research Assessment (CoARA), las recomendaciones de la UNESCO sobre Ciencia Abierta y diversos documentos de la OCDE coinciden en un mensaje fundamental: la calidad de la ciencia no puede medirse exclusivamente mediante indicadores bibliométricos ni por el prestigio de las revistas en las que se publica.
El centro de la evaluación debe desplazarse hacia la calidad del conocimiento producido, la integridad científica, la innovación, la formación de talento humano, la colaboración internacional, la apertura de los resultados, la transferencia tecnológica y el impacto de la investigación en la sociedad.
Colombia no puede permanecer al margen de esta transformación.
Nuestro país ha construido una comunidad científica mucho más madura que hace veinte años. Los investigadores participan en redes internacionales, publican en revistas de alto impacto, desarrollan proyectos interdisciplinarios y contribuyen a resolver problemas nacionales desde múltiples campos del conocimiento. Sin embargo, buena parte de los mecanismos nacionales de evaluación sigue respondiendo a una lógica diseñada para un contexto científico que ya no existe.
No se trata de desconocer los avances alcanzados ni de descalificar el trabajo realizado por Minciencias; por el contrario, el reto consiste en liderar una nueva etapa del sistema nacional de ciencia, así como, en su momento, fue necesario crear instrumentos para organizar y fortalecer la investigación colombiana; hoy resulta indispensable modernizarlos para responder a las dinámicas contemporáneas de la producción científica.
La pregunta ya no es si debemos evaluar la ciencia; esa discusión está superada. La verdadera pregunta es qué ciencia queremos incentivar y cuáles son los mecanismos más adecuados para hacerlo.
Si premiamos únicamente determinados productos, los investigadores orientarán sus esfuerzos hacia ellos; si valoramos la colaboración, la innovación, la ciencia abierta y el impacto social, el sistema evolucionará en esa dirección. Los mecanismos de evaluación terminan definiendo, en buena medida, el modelo de ciencia que un país construye.
Por ello, la próxima gran reforma pendiente de Minciencias no consiste únicamente en actualizar convocatorias, modificar formularios o ajustar indicadores. El desafío es mucho más profundo: construir un nuevo modelo nacional de evaluación científica que fortalezca la excelencia académica sin incrementar la burocracia; que reconozca la diversidad disciplinar y regional del país; que incentive la cooperación internacional y la ciencia abierta; que valore la innovación y la apropiación social del conocimiento; y que sitúe la investigación al servicio del desarrollo sostenible de Colombia.
Esta transformación no debe entenderse como una ruptura con el pasado; es, por el contrario, la evolución natural de un sistema científico que ha alcanzado la madurez suficiente como para confiar más en sus comunidades académicas y orientar la evaluación hacia aquello que realmente genera valor para la sociedad.
La discusión sobre Publindex, los grupos de investigación, los sistemas de medición y los instrumentos de evaluación forma parte de este debate, pero no constituye su núcleo. El verdadero desafío consiste en definir cuál debe ser el papel de Minciencias durante las próximas décadas y en cómo construir un modelo de evaluación que fortalezca la investigación sin convertirla en un ejercicio predominantemente administrativo.
La ciencia colombiana necesita una evaluación moderna, responsable y pertinente, no para medir más, sino para medir mejor, no para producir más indicadores, sino para generar más conocimiento, más innovación y mayor impacto social.
La próxima reforma pendiente de Minciencias no es administrativa. Es una reforma sobre la manera en que Colombia entiende, reconoce y proyecta su ciencia. Ese debate ya comenzó en el mundo. Ha llegado el momento de que también lo demos en nuestro país.

