UNA VERDADERA DEMOCRACIA

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Por Rodrigo López Oviedo
Entre nosotros, la democracia ha sido un mero contentillo. Quienes manejan el establecimiento cada cuatro años nos abren las urnas para que elijamos un presidente, un gobernador, un alcalde y unos cuerpos colegiados, sin siquiera habernos dado la oportunidad de proponer candidatos; cuando más, nos han dado la opción de asistir a una que otra consulta para decidir cuál será la cara que figurará en el tarjetón, y pare de contar.
Entre las organizaciones de izquierda no podemos decir que pase lo mismo, tal vez por aquello de que sus militantes son personas más conscientes, lo cual les permite notar con mayor facilidad las diferencias existentes entre los precandidatos. Sin embargo, más allá de esta débil diferencia, todo lo demás es igual.
La democracia, para ser real, implica que el ciudadano tenga una idea clara de lo que ella significa, pero, sobre todo, de la relación que tiene con sus intereses personales y colectivos, es decir, con su condición de ciudadano, que es la categoría política en la que confluyen la dimensión individual del hombre con su condición de integrante del cuerpo social, de lo cual se derivan sus derechos y deberes. Una sociedad verdaderamente democrática se sustenta, además, en hombres libres, rodeados de condiciones favorables al ejercicio de tales deberes y derechos. Como se comprende, esto es mucho más que meras urnas.
Si comparamos a Colombia con Venezuela, son muchas las ventajas favorables a nuestros vecinos, y no nos referimos solo a que en 20 años de revolución hayan realizado 25 elecciones. Queremos decir que, estando en curso los primeros desarrollos de un poder a cuya cabeza ya no están las viejas oligarquías, sino los humillados que hasta hoy lo han sido, estos lo están aprovechando para solucionar a sus múltiples problemas, de lo cual dan evidencia los dos millones 500 mil viviendas entregadas a los destechados, la gratuidad de la educación y la salud, la extensión del sistema de educación universitaria a todo el país, la erradicación del analfabetismo, la pensión de que gozan todos los ancianos, hayan cotizado o no al sistema pensional, en fin, todo un conjunto de derechos fundamentales, en cuya solución jamás habían soñado los venezolanos en tiempos anteriores a Chávez.
A esto que pasa en Venezuela es a lo que se llama verdadera democracia, es decir, a que el pueblo pueda resolver por sí mismo, desde el poder, los problemas que le aquejan y garantizarse un futuro con felicidad para todos. Sin embargo, no todo el pueblo respalda ese poder. ¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué está tan polarizada la población? Ese será el tema de un próximo comentario.